Un don del automóvil coincidente también con un desdoro es su carencia de identidad esencial. Una bicicleta, un barco o un avión son siempre así fundamentalmente. Su diseño se acopla a su función y por los siglos de los siglos cada uno de ellos forma parte de la misma naturaleza construida. Construida no por artificio, sino por oficio. El coche, en cambio, siempre ha sido un objeto de representación. Un remedo de las berlinas de los primeros tiempos, una evocación del cohete espacial en los brillantes años cincuenta norteamericanos, una suerte de bulbo que remitía al envoltorio maternal y un kinetic design actual.
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Soñar sobre ruedas








