¿Hay acaso una izquierda moderna? Pareciera que toda aquella literatura marxista-leninista se ha convertido en una bibliografía arrinconada y mohosa en las librerías y bibliotecas, en las cuales sufrieran -como dijera Carlos Marx- «la crítica roedora de los ratones». Indudablemente, mi limitada capacidad intelectual no ha logrado colocarse a la altura de este mundo moderno en el cual la pobreza sigue en aumento, y la riqueza continúa creciendo con base en la explotación de la clase trabajadora.
No podemos hablar de un marxismo «romántico», como llaman al comunismo de Fidel Castro. Todo lo contrario, vemos con profundo desengaño que los principales líderes socialistas o comunistas -como usted los quiera llamar-, se han convertido en burgueses, que cuando mucho se cubren con un manto desteñido y parchado con tintes de un socialismo trasnochado.
Estos nuevos burgueses explotan el poco o mucho prestigio que le queda a la filosofía izquierdista. La mayor parte de ellos, para justificar su «izquierdismo», se dejan unas barbas ralas al estilo del Che Guevara, y se han olvidado de que el «hábito no hace al monje».
En Francia ya se han dado gobiernos de izquierda, como el de Francois Mitterand, que se vio en la necesidad de establecer un gobierno mixto. Es decir, un cuerpo «con una cabeza por un lado, y unos pies caminando por otro». En España, Felipe González, indudablemente un político preparado, pero que ahora cobra miles de dólares al dictar una conferencia, además de haber impulsado el ingreso de España a la OTAN, organización eminentemente pro norteamericana.
En México, el próximo 2012 se convertirá en un fragoroso campo de batalla política, en donde se volverá a llamar por un lado a la izquierda, y por otro lado a la extrema derecha, así como también los centristas con su imagen agnóstica, es decir, una combinación de «derecha e izquierda», con un doble lenguaje que nos recordará el gobierno fascista de Adolfo Hitler.
¿Qué le queda al pueblo por hacer? Lamentablemente estamos inmersos en un gobierno que nace, supuestamente de un sistema de partidos «tal vez democrático» y, por lo tanto, nuestra oportunidad de lograr un cambio de sistema político se basa en reclamar el respeto enérgico de nuestro voto.
Las promesas de campaña son sólo eso: «promesas». Los ciudadanos tenemos la obligación de exigirles a los elegidos que cumplan con lo prometido; una de las armas más efectivas que tenemos es una huelga de causantes de impuestos.
El factor económico es fundamental para el sostenimiento de cualquier sistema político.
Los mexicanos estamos siendo rehenes de la violencia; este problema va haciendo estragos no sólo físicos, sino también psicológicos en la mayoría de los habitantes de nuestro país. Los días se han hecho más cortos en la libertad de transitar de nuestra casa a nuestro trabajo ante el temor de ser agredidos o asaltados por los maleantes, no hay hogar o familia que no cuente entre sus familiares a alguno que haya sido asaltado. Se ha llegado al extremo de pedir la pena de muerte para los violadores, o bandidos que nos atracan a diario, es lamentable invocar una solución tan drástica que no es aplicable bajo el sistema jurídico en el cual vivimos. La corrupción que campea en todos los niveles no garantiza que se pueda hacer justicia. La pobreza hace que muchos pobres delincan robando los alimentos más esenciales para su subsistencia. En las cárceles se ve aumentar desmedidamente la población por delitos tan leves que tal vez pudieran ser conmutados, por lo menos por penas menos severas que sólo ameritasen reprimendas o multas, y no privación de la libertad. Todo esto que brevemente hemos señalado está sujeto a lo que hacemos con el voto, o lo que hacen con nuestro voto aquellos que llegan al poder supuestamente mediante un proceso «democrático». Pregúntese usted… ¿A qué responde el canibalismo político que estamos viviendo?
J.E. PARKER SALOMÓN









