El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, amenazó este jueves con apoderarse del uranio enriquecido iraní sin necesidad de alcanzar un acuerdo previo con Teherán, abrió la posibilidad de reunirse con el líder supremo de Irán, Mojtaba Khamenei, y celebró avances hacia la estabilización del alto el fuego en Líbano tras afirmar haber hablado directamente con Hezbollah.
“Podríamos conseguirlo ahora mismo. No creo que pudieran detenernos si quisiéramos, pero no hay motivo para hacerlo. Está enterrado”, declaró Trump ante periodistas en la Casa Blanca. La frase resume el eje de la política nuclear estadounidense: Irán no puede conservar su material nuclear sea cual sea el destino del conflicto iniciado con la Operación Furia Épica.
La referencia al uranio “enterrado” remite a la Operación Midnight Hammer, ejecutada por Estados Unidos e Israel en junio de 2025 contra Natanz, Fordow e Isfahán. Aquellos ataques colapsaron estructuras sobre el nivel del suelo, pero dejaron intactas las cámaras subterráneas donde se concentraba el material enriquecido. Cantidad, composición y paradero de ese uranio: el punto más tenso de las negociaciones en Qatar.
El Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA) distribuyó este jueves un informe confidencial en el que reiteró su llamado urgente a Irán para que permita reanudar las inspecciones. El organismo admitió no haber podido verificar las reservas iraníes desde mediados de junio de 2025, situación calificada como “motivo de grave preocupación”. Grossi había señalado en febrero que la mayor parte del uranio de alta pureza se encontraba en un complejo de túneles en Isfahán, instalación a la que los inspectores tampoco han accedido.
Antes de los ataques, Irán acumulaba más de 400 kilogramos de uranio enriquecido al 60%, un nivel a un paso técnico del grado de armas. El OIEA estimaba que el país podría producir al menos una cabeza nuclear si lo enriquecía al 90%. La suspensión de la cooperación dejó a Washington sin inventario actualizado del arsenal iraní, opacidad que alimenta la estrategia de presión de Trump.
A comienzos de mayo, el presidente publicó en Truth Social que el uranio debería ser “entregado de inmediato a Estados Unidos para ser traído a casa y destruido” o “destruido en el lugar” bajo supervisión del OIEA. Fuentes citadas por Axios informaron que Trump modificó el borrador del memorando en los apartados sobre la transferencia. Irán rechazó haber acordado nada: un alto funcionario declaró a Reuters que Teherán no comprometió la entrega de su uranio, mientras el asesor Mohsen Rezaei acusó a Washington de exigir condiciones concretas mientras mantiene sus compromisos en una “ambigüedad” deliberada.
Sobre Khamenei, Trump moduló el tono: “No quiero reunirme. Pero si me reuniera, sería un honor”, declaró. Añadió que el nuevo líder —designado el 9 de marzo— goza en “algunos círculos” de “muy buena reputación”, en contraste con marzo, cuando lo describió como un “peso ligero” cuya designación le resultaba “decepcionante”.
En el frente libanés, Trump afirmó haber hablado con Hezbollah y celebró “avances” para estabilizar la tregua desde mediados de abril. “Nos llamaron y nos dijeron: ‘¿Qué tal si paramos?’. Y creo que pronto veremos cómo se desarrollan los acontecimientos”, relató desde el Despacho Oval. El secretario general de Hezbollah, Naim Qasem, rechazó la tregua ese mismo día, calificándola de “capitulación”. Al menos ocho personas murieron en territorio libanés por bombardeos israelíes. Trump reconoció que el conflicto libanés está “interrelacionado con Irán”, pese a haber sostenido la víspera que prefería mantener ambas negociaciones por separado.
El uranio enterrado bajo las ruinas de los complejos nucleares iraníes seguirá siendo, mientras no haya acuerdo en Qatar, tanto el principal argumento de la presión estadounidense como la prueba más concreta de que la guerra no resolvió aquello que la desencadenó.










