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Momento Diario | En el vértice de Puebla

«Si los malos supieran…»

redaccion by redaccion
julio 18, 2011
in Columnas, Criterio

Facundo Cabral se ha ido. Me disponía a laborar, eran las ocho horas del sábado 9 de julio. La noticia fue desconcertante. Maldita computadora, cuánta eficiencia. Unas horas antes Guatemala despertó de luto. En sus calles como escenario, iniciaba el duelo de América Latina, desde el Río Bravo hasta la Tierra del Fuego.

La noticia insólita se sumaba a las recibidas día a día en este mi país del crimen y el desempleo, aunque nuestros gobiernos se empeñen en decirnos lo contrario. A esas tragedias une, el ciudadano común, la carestía de lo necesario para subsistir, desde la canasta básica hasta el infinito. Inalcanzable para quienes, cabezas de familia, «gozan» de un salario de seis mil pesos al mes. Miente la ofensiva apreciación hecha por un precandidato presidencial.

Solidario a «los hombres de buena voluntad» que vibraron con el pensamiento, la voz y la guitarra de Facundo Cabral. Sin comprender el por qué, herido sin cura, recorrí las páginas de los diarios. Por Internet las gráficas mostraban su cuerpo sin vida. Un cerco policiaco guardaba el orden en el lugar del crimen. En el piso caían las primeras flores guatemaltecas en honor del Mensajero Mundial de la Paz.

Hasta allí pronto llegó a llorar la Premio Nobel de la Paz, Rigoberta Menchú. Lanzó el primer reproche, con razón o sin ella, exacto al sentimiento que al enterarse de la desgracia, brotó espontáneo en el corazón de muchos. «Fue asesinado por sus ideales».

Las imágenes se sucedían. Un desconocido de pantalón blanco y playera negra, cuidando de no pisar las flores, apareció  consternado con un ramo desparpajado de rosas amarillas. Más tarde, al parecer volvería, ahora con una sola rosa roja y una pancarta improvisada en la que se leía  la leyenda:

«Como hacen callar a los humildes, a los indefensos, a los pobres, te han hecho callar. Pero los muros, las calles, los parques, los pies cansados, los ojos marchitos, los corazones, están vivos, tú los has hecho vivir. Guatemala».

Eran las primeras manifestaciones de un pueblo lastimado por el drama de perder a quien se decía tener por guías, en lo espiritual a Jesús, a Gandhi y a la Madre Teresa de Calcuta, y en lo literario a Jorge Luis Borges y a Walt Whitman.

El gobierno guatemalteco, a través de Ronaldo Robles, portavoz de la presidencia de Álvaro Colom, informaba: «Fue un atentado directo en su contra perpetrado por sicarios que utilizaron fusiles de asalto». Colom daba sus condolencias a su par argentina.

Esa semana el filósofo cantaautor, por una  de esas cosas que tiene el destino, en un concierto dado en Guatemala, se había despedido de su público con estas palabras: «Les doy las gracias a ustedes, ahora las daré en Quetzaltenango y después que sea lo que Dios diga, Él sabe lo que hace».

Los medios informaron de su última presentación. Entonó también por última vez la canción que en 1970 le abrió las puertas de la fama, desde México: No soy de aquí, ni soy de allá.

Refugiado en mi soledad, la escuché a través de la computadora, en un video que luego retiraron, quizá  en señal de duelo.

Mucho habrá de escribirse después de este lunes en que, sin dejar la reflexión, realizo para mí y para usted este trabajo. Hay interés gubernamental del vecino país por el esclarecimiento del asesinato, en ese sentido empiezan a fluir las noticias. Una avalancha de condolencias, opiniones y anécdotas surgen en el abanico social.

Ojalá y que por todos los rincones en que habita la maldad, se escuche el eco de su voz.

«Si los malos supieran del buen negocio que es ser bueno, serían buenos aunque sólo fuera por negocio».

Filadelfo Gayosso Ríos

 

 

Tags: América LatinaGuatemalaPremio Nobel de la PazRigoberta MenchúRío Bravo
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