Si crees que Lady Gaga es una gran artista tienes que ver, forzosamente, La balada de Genesis y Lady Jaye -película documental de Marie Losier– para constatar lo contrario.
El film de Losier es una mirada a la historia de amor de los artistas británicos Genesis Breyer P-Orridge y Lady Jaye, que, a través de la convivencia, consolidaron un proyecto de vida en común, crear un ser pandrógino, es decir, una nueva persona echando mano de cirugías estéticas con el afán de combinar sus rasgos, como si tuvieran un hijo.
La importancia de La balada de Genesis y Lady Jaye es doble. En primer lugar es un recorrido por la trayectoria de Genesis y sus aportaciones al mundo del arte y el performance. La segunda es que, a través del documental, se propicia una reflexión sobre la diferencia entre un artista y un simple vendedor de imágenes.
En los tiempos donde la prensa del corazón se confunde con la sensibilidad es fácil caer en el juego; Genesis y Lady Jaye llevaron al extremo sus ideas, sin afán de lucrar con ellas. Cuestionaron el rol masculino y femenino. Su historia inicia en su primera cita, Lady Jaye vistió a Genesis con su ropa, ella siempre dudó acerca de la condición de imagen femenina impuesta.
Transformaron su cuerpo para crearse una nueva identidad, ‘a la gente no le gusta que cambie, pero yo voy a cambiar todo el tiempo’; ‘conozco a este niño (dice Genesis mientras muestra una fotografía suya), pero a esta mujer no (y se señala a sí mismo, ya transformado con implantes mamarios y ropa femenina)’.
La abismal diferencia entre el arte y el negocio, entre artistas y oportunistas, es cada vez más difusa, aunque resulta muy evidente al ver el documental, imperdible para todo el público que dude en ser el mismo todo el tiempo.
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