Catalogar libros antiguos utilizando sólo la normatividad no es suficiente, porque son libros que por su misma condición se han convertido en obras singulares para las que no hay una norma que registre todos los elementos particulares que tiene, reconoció Julián Martín Abad, jefe del Servicio de Manuscritos e Incunables de la Biblioteca Nacional de España.
El especialista en catalogación quien coordinó un taller de identificación y descripción de textos antiguos en la BUAP, afirmó que con los años los libros antiguos van formando su propia historia.
Aún cuando la obra proceda de un tiraje generoso, el proceso intenso de destrucción que ha ocurrido a lo largo del tiempo y el uso que su o sus poseedores le dieron, la convirtieron en única y al igual que una persona, vive su propia historia, expuso.
“Ahora nos encontramos con ediciones que tuvieron una tirada muy amplia, pero que a lo largo de la vida, los propios ejemplares han vivido su propia experiencia; se le han incorporado elementos de carácter artístico o puramente histórico, como notas de lectura, pertenencia, censura o de expurgo que singularizan a cada uno de los ejemplares”, abundó.
Los escritos y acotaciones que durante la lectura les hicieron sus poseedores, también los convirtieron en un documento testimonial, que permite conocer la historia y evolución de las mentalidades; “en la historia de la lectura, que es la historia del hombre enfrentado a testimonios ajenos, en muchas ocasiones se descubre una personalidad mucho más interesante en las notas que hace el lector en el libro, que en el propio texto, aseguró Martín Abad.
Recordó que en la Biblioteca Nacional de España se tienen obras con anotaciones de El Greco o de Francisco de Quevedo; “aquí en México podría encontrarse alguno con anotaciones de Sor Juan Inés de la Cruz; éste hecho, convierte al libro en algo especial ya que revela rasgos de la personalidad intelectual, humana, religiosa o política de quien fue su poseedor”.
El especialista concluyó que en los impresos antiguos se puede encontrar un sinfín de particularidades que la normativa no contempla, lo que hace más complicada su catalogación; “no hay legislación que responda a las exigencias que tiene el catalogador o el mismo investigador”.









