Ha sido la mejor Mostra que yo recuerdo en demasiados y lamentables años, una programación que te despejaba las legañas al madrugar y no convertía en un oficio deprimente esa cosa tan rara de ser crítico de cine, al acudir con ilusión a películas firmadas por directores cuya obra siempre te ha ofrecido garantías, o al menos expectación, gente en posesión del lenguaje que precisan sus historias, autores que jamás han recurrido a ese recurso utilizado por tanto falsario o irremediable impotente de hacer sus películas de espaldas a algo tan real llamado público, ese público en el que conviven listos y simples, acomodaticios y exigentes, sofisticados y convencionales. Pero todos esos directores tienen claro algo tan obvio como que el cine necesita espectadores, no se refugian en las subvenciones estatales o culturales exigiendo al poder que financie un presunto arte que solo es apreciable en sus cuentas corrientes, en la admiración absoluta de su familia y allegados y en el consenso de una crítica ilegible e inentendible que revela a unos lectores tan exiguos como profundos las excelencias de esas patéticas masturbaciones mentales.
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León de Oro a un indigerible ‘Fausto’









