Ukiyo-e es un vocablo japonés que se puede traducir como: «pinturas del mundo flotante» y que hace referencia a una serie de estampas cotidianas que durante los siglos XVII al XX surgieron en las zonas urbanas; una versión literaria del concepto es el libro Vida de una mujer amorosa, que fue escrito en el año de 1686 por Ihara Saikaku, y que desarrolla una historia que refleja las costumbres de la sociedad japonesa de esa época.
En ocasión de la muestra que el Museo Carrillo Gil presenta bajo el título de Ukiyo-e. Imágenes del mundo flotante, se presentó una edición contemporánea del libro, el cual fue comentado por Guillermo Quartucci, investigador de El Colegio de México y experto en literatura japonesa.
Expresó que es muy oportuno comentar la aparición de este texto a la par de la mencionada exhibición, «que contiene ejemplo bellos de ese arte en grabado, que fue muy popular en las zonas urbanas durante los siglos mencionados, pero que no dan una idea clara de cómo era la sociedad ni de los valores que la regían».
El especialista destacó que se trata de una novela considerada como un clásico cuya primera edición data del año 1686; de la obra resalta su radical actualidad y modernidad, así como la amenidad y espontaneidad con que esta narrada, a pesar de haber sido escrita hace más de tres siglos.
Saikaku da voz a una cortesana mayor para que cuente su vida, llena de peripecias, anécdotas divertidas y curiosidades; es una obra desenfadada, algo descarada, lasciva, pero al mismo tiempo sin prejuicios ni ninguna malicia, con una inocencia, naturalidad y sinceridad casi infantiles.
También detalla cómo debían maquillarse, vestirse y comportarse las cortesanas japonesas del siglo XVII; en qué consistía el secreto de escribir cartas de amor sublimes; los inconvenientes de tener una mujer demasiado hermosa; qué eran las reuniones de celos, y los nueve puntos esenciales de una mujer (pies, manos, ojos, boca, cabeza, espíritu, estar sentada derecha, aire seductor y la voz).
A través de esta mujer se crea un retrato de las costumbres y usos de la época, por ejemplo, aparece el juego del kemari, un deporte no competitivo precursor del fútbol, en el que un grupo de diez a veinte personas tratan de que una pelota de cuero no toque el suelo, sin darle con la mano; es también interesante conocer que dos de los detalles que definían a la mujer ideal eran poseer un pie de ocho pulgadas y no tener ni un solo lunar.
«Ese conjunto de referencias –dijo Quartucci– no sólo conforman un retrato de la época, sino que exponen también el rol que tenía la mujer en esa sociedad, cómo estaba expuesta a diversas agresiones y la doble moral con que eran vistas y tratadas las prostitutas, algo que en ciertos puntos pueden considerarse como visiones vigentes de la relación, no sólo de quienes se dedican a esta profesión, sino de las mujeres en su conjunto.
«De ahí la vigencia del texto, que es un clásico porque puede ser interpretado en diferentes contextos. Por ejemplo, en 1952 el realizador Kenji Mizoguchi filmó la película llamada Saikaku ichidai onna (La vida de Oharu), basada en la novela que ahora comentamos, en la que fue fiel a la historia original, pero sobre todo le interesaba hablar sobre la fragilidad del ser humano, una visión que proviene de los ideales budistas.
«Pero además de recrear un retrato costumbrista de aquella época, al realizador le interesó exponer una visión contemporánea del rol de la mujer en la sociedad japonesa, con una clara extensión a todas partes del mundo, pues como vemos en nuestros días, ellas siguen viviendo en medio de la violencia y el maltrato… por eso este libro es importante, un clásico al cual podemos recurrir en diversas épocas para encontrar que es vigente, de manera lastimosa, pero una obra que trasciende el tiempo sin duda».










