La defensa de las creencias religiosas católicas en Tlanalapan (Síntesis, lunes 10 de septiembre) se remonta a 1910. El ilustrativo reportaje nos da a conocer antecedentes que parten de la toma del templo por zapatistas como base de defensa, pasando por la época de «los otros cristeros» en 1932, más acciones contra distintas sectas por enseñar la Biblia o pretender construir un templo diferente al católico. Todo lo han impedido el pueblo y sus autoridades.
Sin embargo, al parecer es la primera ocasión que la intolerancia llevó a los criticables acontecimientos recientes, encabezados por un sacerdote católico desde el púlpito. Los habitantes de Tlanalapan, al recurrir a las autoridades eclesiásticas y al Gobierno de Puebla, fueron escuchados: tomaron como medida inmediata el cambio del padre Chon, responsable directo de no pregonar la paz cristiana.
El caso fue tratado en diferentes medios por analistas que, pese al tiempo trascurrido, no olvidan el caso de San Miguel Canoa ni a las víctimas del vergonzoso suceso ocurrido el siglo pasado. En su tiempo, escritores, cinematografistas y actores lo llevaron a libros y a la pantalla.
Cronista de la sierra, asumo el derecho de sacar el anecdotario de eventos que por afortunadas circunstancias no llevaron la sangre al río.
Los hechos pertenecen a quienes hicieron la historia regional el siglo pasado.
En la segunda mitad de ése periodo, el sacerdote titular de la parroquia de Villa Ávila Camacho, junta auxiliar del municipio de Xicotepec, correspondiente a la diócesis de Tulancingo, se caracterizó, aparte de su despotismo y maltrato a sus feligreses, por su proclividad a reclamar áreas públicas cercanas a las iglesias de su jurisdicción. Su actitud le ganó prestigio en las oficinas de gobierno como un defensor del patrimonio nacional.
El reconocimiento como celoso guardián de bienes patrimoniales no duraba más de dos juntas negociadoras entre él, autoridades locales y estatales y representantes de los vecinos. El sacerdote quedaba en evidencia: las áreas reclamadas, desde tiempo inmemorial, eran destinadas al servicio público generalmente anexas, en bien y a cargo, de las escuelas dedicadas a la educación primaria.
Los funcionarios de alto nivel también exhibían su ignorancia de cómo y cuándo la ciudadanía, al resolver por sí sola sus necesidades, distribuía la tenencia de la tierra en sus propios asentamientos. Hechos que la historia oral y escrita da fe en cada lugar, pero los funcionarios, que no dan un paso fuera de la alfombra, desconocen el esfuerzo de las poblaciones rurales para salir de su marginación.
El sacerdote sí consiguió fomentar un antagonismo entre grupos católicos (no existían otras sectas) que aún perduran. Sólo la cordura, el razonamiento humano -no la intervención del cura- y el tiempo, han resanado algunas de las viejas heridas que abrió el clérigo, que hoy, al decir de la gente, es casi imposible que en el más allá goce de la paz que no brindó a la feligresía.
¿Acaso, entre otras muchas cosas, el Supremo Juez le haya perdonado el hecho de negarle la casa del Señor para pasar una noche de lluvia a la imagen que veneran en una de las comunidades de su parroquia? Muchas pecatas minutas y máximas quedan en el tintero para quemarlas en próximas entregas, si vuelve la intolerancia a pasearse por las cercanías de la que fuera Ciudad de los Ángeles, hoy de Zaragoza.
A distancia vuelvo a hacerme la misma reflexión que me hacía cuando un reverendo de la iglesia en mi tierra natal hacía misas, vía crucis y otros ruegos para que Dios acabara conmigo y mis seguidores comunistas:
En buenos aprietos meten al Señor cuando unos le piden la muerte y otros la vida.
Filadelfo Gayosso Ríos









