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Momento Diario | En el vértice de Puebla

En un adiós a quien ya nunca se irá, solemnidad, duelo música y alegría rindieron Homenaje a Juan Gabriel

redaccion by redaccion
septiembre 6, 2016
in espectaculos2

homenajeJuanGabrielJVL_0573b

El largo día del “para siempre” llega emparejado con el grisáceo cielo, matiz que va a filtrarse en los escalones del ánimo de la multitud que ya abarrota a las 13:30 de este lunes 5 de septiembre, las afueras del Palacio de Bellas Artes. Hoy es el día de decir adiós, para siempre, a Juan Gabriel. Y se quiere y no se quiere, por igual, despedirse.

En las pancartas que lleva la gente se ve el regalo del tiempo que le han hecho al ídolo que conjugó alegría y dolor con la misma intensidad. Una mujer busca para su cartulina el primer plano,  que le tomen fotografías, -porque hoy también será el día de millones de instantáneas-, a esos recortes de periódico en los que se ve  al cantante con Lucía Méndez, en otro abrazando a María Victoria, un primer plano de algún concierto… Corazones rosas y naranjas todo enmarcando el mensaje: Descanse en paz Juan Gabriel, escrito con garigoleadas letras, porque así es ese cariño muy a la mexicana, de muchas vueltas expresivas, muy barroco. Conmueve nada más aproximarse, pensar en ese tiempo invertido en hacerla.

Muchos han esperado durante horas ya, otros que van pasando, no resisten el imán de la multitud y se detienen, quieren un momento también para cerciorarse de que estuvieron ahí, este día.

Desde el enorme escenario montado para el homenaje, resuenan unos tambores, mantienen un pulso, un ritmo que sostiene y acompaña la espera. Desde un impreciso punto brota música y cantos de la gente, detenerse es quedar atrapado y hay que seguir hasta el interior del Palacio.

Dentro, la calma, otra espera. Espera la inmensa y poderosa fotografía de Juan Gabriel que cuelga en medio de la escalinata. Libre ya del tiempo, sus brazos se extienden abarcándolo todo y con el gesto de la entrega total en el rostro. En la mano derecha un micrófono. Metros arriba el mural de David Alfaro Siqueiros La  nueva democracia nutre  lo simbólico, porque Juan Gabriel fue precisamente, un cantante que democratizó en su música el gusto de todos.

Puede ser que en  lo íntimo haya un suspiro suspendido, se puede adivinar mirando el rostro de los invitados, pero visible está el sentido del honor y del respeto. Una sobriedad reproducida en los pasamanos de la escalinata adornados con guirnaldas de flores, gerberas amarillas, naranjas, rosas, y en las bellísimas coronas de tonos otoñales al pie de la fotografía. Grandiosidad para la grandeza, el Palacio con toda su belleza deslumbrante es otra vez, la última, el escenario del artista.

Y nada se escucha salvo el murmullo de periodistas y fotógrafos que transmiten desde sus teléfonos, que le cuentan al radioescucha o al televidente, el minuto a minuto, que ya casi, que en cualquier momento iniciará el Homenaje, y de pronto todo se congela, los ojos persiguen los sigilosos movimientos de los músicos del  Mariachi Gama Mil, que poco a poco van colocándose en las escaleras, y entonces las notas de Se me olvidó otra vez rompen el silencio en el aire. Y el alma se estrecha, se acongoja, porque las trompetas y guitarras, los violines y el acordeón, han venido a hacer vibrar lo que el trajín y el trabajo habían adormecido, con su sonar están diciendo que Juan Gabriel ha muerto.

         Silencio y música, son las dimensiones de lo inexpresable. Escribió Aldous Huxley, que por una misteriosa analogía,  la música evoca en la mente de quien la escucha el fantasma de ciertas experiencias, y mientras ocurre la prueba de sonido, parece que todos han quedado a solas con ese fantasma particular que está relacionado con alguna canción de Juan Gabriel, desde su vivencia propia.

Del Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México al Palacio de Bellas Artes, las cenizas han hecho un lento recorrido, no puede negársele a la gente que ha ido a su encuentro en calles y avenidas. Cuando en las pantallas aparece la caravana llegando ya al recinto, hay un revuelo de coberturas telefónicas, “ya está aquí”, “en cualquier momento entrarán las cenizas hasta el vestíbulo”, los guardias se alisan el cabello, la expectativa y las miradas se inquietan, buscan todas las posibles entradas, y el suspiro que se queda sin exhalación revelando la sorpresa de todos: las cenizas de Juan Gabriel entre las manos de su hijo han entrado por la puerta directa a la escalinata. Una vez colocadas en su pedestal, los aplausos solemnes, recogidos, discretos, entregan la emotividad contenida.

Pero es la voz del tenor Fernando de la Mora, es el sonido de las trompetas del Mariachi  de Mi Tierra resonando de columna en columna, la ronca guitarra de la que parte la melodía de la canción Amor eterno, -que da nombre también a este Homenaje-, lo que hace estallar el instante. Agudos y graves, afuera y adentro, arriba y abajo, hoy y eternidad, todo esto es: la posteridad, se sabe mientras se está viviendo.

Y Aída Cuevas al cantar Que seas muy feliz, muy feliz vuelve la mirada a las alturas, y la voz y el gesto confirman el  deseo, la voz potente que se hace frágil, es  la transmigración de la  fuerza de las palabras que retornan a su creador para ahora decirle a él lo que dijo a tantos.

Se cuela lo festivo cuando su mariachi le canta Qué necesidad, pero este es sobre todo un día de luto insuperable.

En la sobriedad de este homenaje algo ha sido declarado, que Juan Gabriel no es solamente un cantante; desde hoy, desde aquí, cada detalle, está diciendo, que es un artista completo.

Afuera los ¡Viva Juan Gabriel!, ¡Arriba Juan Gabriel!, se mezclan con la potencia de las bocinas que reproducen el sonido de los que cantan en el escenario, y que puede escucharse calles abajo. Una joven pareja camina llevando de la mano a una niña que pregunta por qué hay tanta gente, la madre le responde: es porque se murió “Juanguita”, y el papá intenta callarla con un shhht, como queriendo protegerla de una noticia que la niña no debe saber, pero la mamá le dice, ya lo sabe.

Acodadas en las vallas, las mujeres cantan siguiendo a Fernando de la Mora, quien ahora está en el escenario de la explanada, cantan en voz bajita, alguno pierde el tono cuando se esfuerza en emparejar volumen y sentimiento. No es fiesta, hay una alegría en las canciones mismas, pero las miradas son tristes. Cantan para que no duela tanto, cantan para que duela más.

Tags: adiósalegríaduelomúsicanuncaquiensolemnidad
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