
Ante todo, el Día de Muertos es una fiesta en la que se recuerda a aquellas personas que no se encuentran físicamente pero se hacen presentes para convivir con nosotros, indicó Carlos Ramos Rosete, académico de la UPAEP, en su conferencia “Raíz prehispánica del Día de Muertos”.
En el Aula Magna José Vasconcelos de la Facultad de Filosofía y Letras de la BUAP, señaló que “la idea básica del mundo náhuatl es que un elemento del ser humano sobrevive a la muerte y realiza un viaje en el más allá, pero cabe la posibilidad de que los dioses determinen que una persona al morir acuda a cierto paraíso”.
Comentó que en la visión prehispánica hubo una sensibilidad por los muertos, tal como lo expresa Netzahualcóyotl en alguno de sus poemas, donde menciona que el mundo es efímero.
“En el mundo prehispánico no existió la noción de alma como principio substancial del hombre”. Se referían a los difuntos como los descarnados –sin carne-, donde el símbolo de su permanencia eran los esqueletos.
En la mentalidad náhuatl el ser humano se encontraba constituido por: cuerpo físico; Teyolia, que estaba ligado al corazón, es decir, lo que piensa y siente el muerto; Tonalli, ligado a la sangre y al calor corporal, es la vocación de una persona y por último está el Ihiyotl, que se liga al aliento y gases corporales.
Al momento de la muerte, explicó Ramos Rosete, la Teyolia realizaba el viaje al Mictlán; mientras que el Tonalli a través de sus restos, cenizas y objetos personales permanecía en su casa y el Ihiyotl “es la otra personalidad que anda por ahí como un fantasma”.
¿Después de muertos a dónde iremos? Según la causa de la muerte se podría ir al Tlalocan, paraíso del Dios Tláloc, cuando la persona era ahogada o moría relacionada con agua; al Tonatiuhichan, que es la Ruta del Sol, aquí acuden los sacrificados, guerreros y mujeres muertas en parto; al Árbol de nodriza asistían los niños que no recibían educación y al Mictlán iban todos los demás, éste no es el infierno cristiano, sino una región de misterio.
El académico expuso que una vez en el Mictlán se tenían que cruzar nueve niveles o pruebas, por ejemplo el primero consiste en cruzar un río conocido con el nombre de Chignahuapan, aferrándose a la cola de un perro color amarillo y el segundo era atravesar dos altas montañas sin ser aplastado. “Quien cumpliera las pruebas descansaba en paz, pero si se perdía en alguno de los niveles terminaría vagando”.
Ramos Rosete aclaró que “la finalidad de la ofrenda era ayudar al muerto a pasar algunas pruebas en el más allá y así purgar sus penas”. Destacó que actualmente la celebración del Día de Muertos sintetiza ideas de tipo prehispánico, cristiano y características específicas de determinadas regiones.
Se encuentran elementos como epitafios, papel picado, cráneos y huesos, pan de muerto y ofrendas. Según las creencias los muertos vienen anualmente a visitar a los vivos. En algunas tradiciones los difuntos acuden a los hogares, mientras que otros van a panteón.
Concluyó que los elementos prehispánicos que no deben faltar en una ofrenda son una vela que iluminará al difunto en el camino hacia el Mictlán, pan (alimentos) para el largo viaje y agua para continuar el camino.









