“La política económica no consiste en tener razón, sino en convencer al mundo de que la tienes.”
— John Kenneth Galbraith
DAVOS, EL FORO MÁS IMPORTANTE DE LA EONOMÍA MUNDIAL: La 56ª Reunión Anual del Foro Económico Mundial se celebró del 19 al 23 de enero de 2026 en Davos-Klosters (Suiza) bajo el lema “El espíritu del diálogo”, con el objetivo de facilitar un espacio de encuentro para líderes globales frente a los principales desafíos geopolíticos, tecnológicos y sociales.
Durante la 56ª reunión anual del Foro Económico Mundial (WEF), se congregaron casi tres mil participantes de más de 130 países, entre líderes políticos, empresarios, académicos y representantes de la sociedad civil.
Esta edición marcó un récord de participación gubernamental con alrededor de 400 líderes políticos, incluyendo a 65 jefes de Estado y de Gobierno (con seis líderes del G7 presentes), y una nutrida representación de ministros de Economía, Finanzas, Comercio y gobernadores de bancos centrales.
Davos 2026 no fue una cumbre perfecta, pero sí fue un espejo. Un espejo incómodo que reflejó un mundo fragmentado, nervioso, tecnológicamente acelerado y desesperado por nuevas narrativas de crecimiento. Ahí estuvieron los países que quieren atraer inversión, moldear reglas y vender futuro.
Mientras las élites económicas debatían inteligencia artificial, crecimiento y geopolítica en Suiza, México optó por la estrategia más audaz: no estar; decidió ausentarse del debate global donde se discuten exactamente los temas que más le afectan, como nearshoring, cadenas de suministro, automatización, empleo, transición energética y financiamiento internacional. No fue un desaire diplomático; fue algo peor, irrelevancia autoimpuesta.
Porque en Davos no se firman tratados ni se salvan economías, pero sí se construyen percepciones. Y en economía, la percepción precede a la inversión. El mensaje fue claro: mientras otros países fueron a vender proyecto, México prefirió guardar silencio… y esperar a que el mundo adivinara sus intenciones.
La economía global no se detiene por ausencias voluntarias. Simplemente avanza sin quien decidió no estar.
PRIORIDADES MUNDIALES: En la agenda económica de Davos 2026 destacaron, entre otros, tres temas de máxima prioridad que dominaron debates y paneles:
Inteligencia Artificial y su impacto en empleo, productividad y crecimiento, con énfasis en enfoques que prioricen a las personas y mitiguen riesgos laborales y sociales (discusiones que incluyeron a académicos y líderes de la industria tecnológica).
Fragmentación geoeconómica y tensiones en comercio global, donde se reflexionó sobre el futuro del multilateralismo, barreras comerciales y la redistribución de cadenas de suministro en un mundo con más rivalidades y menos reglas compartidas. ¿Adiós a la globalización? ¿mayor polarización de riqueza y pobreza?
Transición energética e inversión sostenible, con atención a la integración de objetivos climáticos con estrategias de crecimiento económico inclusivo (debate reforzado por voces de gobiernos, banca multilateral y sector privado).
¿México asistió? ¿Ha emitido algún boletín informativo? ¿Fijó su posición ante estos temas y otros tan importantes como la migración?
DOS DISCURSOS, DOS MUNDOS: Davos 2026 también dejó una imagen muy clara del momento que vive la economía global: no solo importan las ideas, sino la forma en que se dicen. El contraste entre el discurso del primer ministro de Canadá, Mark Carney, y el de Donald Trump fue, en sí mismo, una lección de economía política.
Por un lado, Canadá habló con tono sobrio, técnico y de estadista: cooperación internacional, reglas claras, inversión en talento, transición energética con realismo y defensa del comercio como herramienta de prosperidad compartida. No prometió milagros ni culpó al mundo; ofreció certidumbre. En Davos, eso se traduce en confianza… y la confianza, tarde o temprano, se convierte en inversión.
Del otro lado, Trump optó por el viejo libreto del bravucón geoeconómico con amenazas, descalificaciones, aranceles como arma retórica y un lenguaje más cercano al mitin que al foro global. Mucho ruido, poca arquitectura institucional. Un discurso que entusiasma a su base, pero que inquieta a los mercados y eleva el costo del riesgo.
Ambos discursos representan dos visiones opuestas del poder económico: liderar convenciendo, o imponer intimidando.
México es el tercer socio comercial de que era -ya no es- el Tratado de Libre Comercio- más importante del mundo, tuvo la oportunidad de asistir y decidió perder por default.
DE FONDO
La ironía fue difícil de ignorar. Mientras en los pasillos de Davos Daron Acemoglu (MIT) advertía que la migración y la inteligencia artificial son inevitables y complementarias, y que bloquear una sin gestionar la otra solo produce economías menos productivas y sociedades más enojadas, muchos líderes políticos seguían prefiriendo el discurso fácil del miedo. Acemoglu lo dijo sin rodeos académicos, no integrar migrantes y tecnología es una receta perfecta para el estancamiento… y para el populismo.
Por su parte, Mariana Mazzucato fue aún más incómoda para algunos oídos elegantes, recordó que los países ricos extraen talento, mano de obra y juventud del resto del mundo, pero se niegan a asumir el costo político y fiscal de integrarlos. En otras palabras, quieren crecimiento sin responsabilidad y competitividad sin solidaridad. Una fórmula muy popular en campaña… y muy poco sostenible en la realidad.
DE FORMA
Así, Davos 2026 dejó una postal incómoda, los economistas explicando con datos lo que los políticos prefieren gritar con consignas. Migrantes necesarios, pero incómodos. IA indispensable, pero temida. Cooperación imprescindible, pero impopular. Y mientras algunos países enfrentaban el dilema con seriedad, otros —como México— ni siquiera estuvieron presentes para defender su papel en una conversación donde, paradójicamente, se hablaba de ellos sin ellos.
Porque en Davos quedó claro algo: el futuro económico se está discutiendo entre quienes se atreven a decir verdades incómodas… y quienes prefieren ganar aplausos diciendo mentiras cómodas.
DEFORME
Y mientras el mundo escuchaba, tomaba nota y ajustaba portafolios, México —otra vez— no estuvo ahí para decir cuál de los dos caminos quiere transitar. En economía global, el silencio no es neutral, es una señal.
Al final, Davos 2026 nos dejó una gran lección: el mundo puede estar al borde de una nueva recesión, una revolución tecnológica o un reacomodo geopolítico… pero siempre habrá países convencidos de que quedarse en casa también es una estrategia, o un tobogán convenenciero.
Eso sí, cuando la inversión no llegue, cuando otros capten el nearshoring, cuando las reglas se escriban sin nosotros, no digamos que fue mala suerte… Fue una decisión.









