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Momento Diario | En el vértice de Puebla

¿Adónde irán la economía y la seguridad si la guerra continúa?

admin by admin
marzo 23, 2026
in Poder Económico | Adalberto Füguemann
Economía mundial 2026: estabilidad en el discurso, fragilidad en la realidad

“La guerra es el fracaso de la política… pero también el inicio de la inflación.”
Adaptación libre de Carl von Clausewitz

MÁS ALLÁ DEL ODIO: El conflicto entre Israel, Estados Unidos e Irán ha escalado a un punto delicado, bombardeos a refinerías, instalaciones gaseras y nodos estratégicos de energía. No se trata solo de una confrontación militar, sino de una sacudida directa al corazón del sistema económico global.

El Golfo Pérsico concentra cerca del 30% del comercio mundial de petróleo y una proporción relevante del gas natural licuado. Cuando la infraestructura energética entra en la línea de fuego, no solo se destruyen activos, se destruye certidumbre.

Históricamente, cada conflicto en Medio Oriente ha tenido un efecto inmediato en los mercados energéticos. Pero hoy el contexto es distinto pues existen ya dañadas cadenas de suministro ya tensionadas; la inflación global aún no está completamente controlada; la mayoría de las economías, México incluido, opera con bajo margen fiscal (“el presupuesto no alcanza”); y en esta trágica ensalada encontramos un mundo más fragmentado geopolíticamente.

El resultado es una ecuación peligrosa, menos oferta energética con más riesgo geopolítico genera precios más altos y crecimiento más débil y eso tiene nombre en economía, ESTANFLACIÓN.

Los efectos de este conflicto ya empiezan a dibujarse en tiempo real.  Energía es la primera ficha de este dominó, el petróleo tiende a subir ante cualquier interrupción en la región, el gas natural se vuelve más volátil y los costos logísticos se disparan (seguros, transporte, rutas alternativas).

Traducción obvia, gasolina más cara, electricidad más costosa, inflación importada

En estos momentos, el comercio global se paraliza en rutas bajo presión. El estrecho de Ormuz —arteria crítica del comercio energético— se convierte en zona de riesgo. Si se bloquea o se encarece su tránsito aumentan los tiempos de entrega, suben los costos de transporte y se encarecen los bienes finales.

Los bancos centrales enfrentan una acción paradójica, o suben las tasas y frenan el crecimiento, hoy de por sí precario, o toleran la inflación y sus consecuencias.

CASO MÉXICO, LA PARADOJA ENERGÉTICA: México, como exportador de petróleo, pero importador de gasolina, enfrenta un doble efecto, se beneficia -relativamente, pues su producción va en descenso- por precios altos del crudo, pero paga más por combustibles refinados.

El resultado, que en la realidad rebasa cualquier cifra oficial, es una presión inflacionaria interna y el riesgo de un “gasolinazo” indirecto.

Ben S. Bernanke, ex presidente de la Reserva Federal de Estados Unidos, señala que los aumentos en el precio del petróleo actúan como un impuesto global sobre la actividad económica pues transfieren ingreso de los países consumidores a los productores, reducen el poder adquisitivo y elevan los costos de producción.

Cuando estos choques ocurren en un contexto de incertidumbre y rigidez estructural, pueden desencadenar episodios de bajo crecimiento con alta inflación, un fenómeno particularmente difícil de combatir con las herramientas tradicionales de política económica.

Si la geopolítica explota, y la lógica también, el mundo entra en modo crisis y, como siempre, aparecen las contradicciones. Los países desarrollados piden estabilidad, pero Mr. Trump genera conflictos; los mercados piden certidumbre, pero reaccionan con pánico; y los gobiernos prometen controlar la inflación y manipulan cifras (¿ya fue usted al súper esta semana?) mientras el petróleo decide otra cosa.

En medio de esta macolla, el ciudadano promedio observa cómo sube la gasolina, sube el gas, sube el transporte, y baja su capacidad de compra. Claro que no nos dicen que es por el pésimo manejo presupuestal, nos lo explican que es por “factores externos”.

Diversos estudios de organismos internacionales como el Fondo Monetario Internacional y la Agencia Internacional de Energía coinciden en que los choques petroleros tienen efectos significativos pero heterogéneos sobre la economía global. Un aumento de 10 dólares por barril en el precio del petróleo (y ya van 60) puede reducir el crecimiento del PIB mundial entre 0.2% y 0.5%, dependiendo del contexto económico, y elevar la inflación en un rango cercano a 0.5% a 1 punto porcentual en economías importadoras netas de energía.

En casos de alta dependencia energética o choques persistentes, el impacto inflacionario puede ser mayor, estimaciones de aumentos cercanos al 2% suelen corresponder a escenarios extremos o acumulados. En síntesis, el petróleo sigue siendo uno de los canales más rápidos de transmisión entre geopolítica e inflación, con efectos inmediatos en costos de producción, transporte y consumo.

El problema no es solo la guerra, el problema es lo que la guerra desata, una economía global cada vez más fragmentada en la que México decide ser otra vez espectador.

Mientras las potencias redefinen rutas energéticas, alianzas y reglas del juego, México corre el riesgo de quedarse en la grada, no mundialista, esperando que el precio del petróleo le resuelva el problema, mientras la gasolina le recuerda que no.

DE FONDO

Como en muchos otros temas, se vislumbra un acto de prestidigitación local. En México, ante el aumento del precio internacional del crudo, se recurre al ya conocido mecanismo del IEPS para “suavizar” el impacto en la gasolina. Se reduce el impuesto y se presume estabilidad. Pero conviene decirlo sin rodeos, eso no es un subsidio. No se vende la gasolina por debajo de su costo; simplemente el gobierno deja de cobrar parte del impuesto. Es decir, no baja el precio real… solo cambia de bolsillo la factura.

El problema es que esta estrategia tiene fecha de caducidad. El IEPS puede amortiguar un golpe, pero no puede detener una tendencia global. Si el conflicto en Medio Oriente se prolonga y los precios energéticos se mantienen elevados, la presión inflacionaria terminará filtrándose por todos lados: transporte, alimentos, servicios, electricidad. Porque la inflación no se contiene con decretos, se propaga por costos reales.

En economía, el verdadero problema no es el petróleo caro, es enfrentar una tormenta global con herramientas locales y con argumentos hasta gramaticalmente incorrectos y terminar descubriendo que el control era solo una ilusión.

DE FORMA

Si la guerra continúa, el impacto no será local ni temporal. Será global y prolongado, porque en el siglo XXI, los misiles no solo destruyen vidas o destruyen ciudades, también alteran precios, expectativas y decisiones económicas en todo el planeta. Y en esa realidad, la pregunta no es si nos afecta, sino qué tan preparados estamos para resistirlo.

Definitivamente, esta problemática no se resuelve con un concierto de Shakira en el zócalo de la Ciudad de México. Basta recordar que en 2007–2008, la crisis financiera global provocó un alza de hasta 140 USD/barril, lo que generó un aumento significativo en combustibles, una fuerte presión inflacionaria y una importante desaceleración de la economía toda.

DEFORME

En economía, como en la vida, hay decisiones que salen caras y, desde luego las guerras las pagamos todos. México no sufre por el petróleo, sufre por la gasolina que importa.

Tags: adondeContinúaeconomíaguerraSeguridad
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