«Sospecho que todos los enamorados somos el mismo idiota», me dijo el cantante Aznavour un viernes de marzo de los 60. Comparto la opinión, pero que nadie se alarme. No voy a hablarles de la envidiable estulticia de los enamorados ni del, siempre sospechoso, amor a La Humanidad, sino del incomprensible amor de un árbitro por su ingrata profesión. Para colmo, se llamaba Amor. Yo le conocí y todavía me enternece recordarlo. Tenía cara de luna asustada y traje de noche sin estrellas. Como los curas y los empleados de pompas fúnebres, los árbitros vestían en aquellos tiempos de riguroso luto. Los de categoría regional cobraban 250 pesetas por partido. Bueno, en realidad, solo 200 porque el Colegio Arbitral se quedaba 50.
Ver el artículo:
Una de Amor









