Algunos futbolistas que tuvo a sus órdenes dicen que es un vendedor de humo, un tribunero que maneja el mensaje y los actos para calar entre el personal; otros le tienen como un forjador de ilusiones, un catalizador de la cantera, con valentía y pedagogía de sobra para convertir a adolescentes en profesionales. Al margen de fobias y filias, Joaquín Caparrós es un tipo avispado, un entrenador visceral, metódico y con un punto obsesivo que hasta la fecha garantiza resultados, un técnico acostumbrado a partir de situaciones complicadas como la que le espera en Mallorca. Natural de Utrera, donde dice la cátedra que se curten los toros más bravos, Caparrós embiste cualquier capote y hace de la necesidad virtud. «He tenido que trabajar el doble para ser entrenador porque no fui un gran futbolista», explica. Un día quiso serlo. Se forjó en el sevillismo de Utrera, en el gusto por un mezcladillo de casta, arte y pasión, pero siendo un adolescente tuvo que dejar su tierra por un traslado laboral de su padre a Madrid. Allí el jóven Caparrós, que destacaba en los infantiles del Sevilla, se integró en el Real Madrid. Llegó hasta juveniles y prolongó su recorrido futbolístico en Pegaso, Leganés, Tarancón y Conquense, pero ya había forjado un estilo y una inquietud: quería ser entrenador desde que en su último año en Sevilla se quedaba a ver como trabajaba un recién llegado que le llamó la atención, Max Merkel, un sin par técnico austriaco, al que pronto bautizaron en Nervión como Mister Látigo.
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Caparrós, vuelve "el otro fútbol"









