Cuando un aficionado traspasa los accesos de un estadio de futbol como lo es el coloso de Santa Úrsula (antes Estadio Azteca), la energía que ahí se concentra lo transforma, no lo hace ni malo ni bueno, solo lo absorbe y lo hace parte de ese gigantesco ente que busca vibrar y gritar sin recato sus sentimientos y emociones más sentidas.
Quienes están ahí para presenciar un encuentro de futbol se fusionan en una sola energía que saluda, que se abraza, que canta, que llora, que festeja, que aplaude y que también, de sentirlo así, le mienta la madre lo mismo a un jugador que a un árbitro o a un presidente.
Ha sucedido así y sucederá cuantas veces se quiera tentar la inteligencia y el sentimiento de una afición que se sabe libre de expresar de manera colectiva un sentimiento genuino.
Así lo vivió el 31 de julio de 1970 el ex presidente Gustavo Díaz Ordaz, quien recibió el repudio más fuerte de los mexicanos de esa época al presentarse en el Estadio Azteca en medio de un rechazo generalizado de la sociedad por las matanzas ordenadas desde el poder durante el movimiento estudiantil del 68.
El otro ex presidente que también fue rechazado por su ineptitud en el manejo de la crisis económica e inflación descontrolada en ese 1986 fue Miguel de la Madrid Hurtado, un burócrata gris que quiso brillar en la inauguración de una copa del mundo y terminó siendo el referente internacional de lo que no debe pasarle a un mandatario en turno.
En tiempos más recientes (11 de noviembre del 2009) el ex presidente panista Felipe Calderón cortó el listón inaugural del estadio de fútbol “Territorio Santos Modelo” llevándose los insultos y la rechifla de una sociedad enojada por la violencia desatada en ese sexenio.
Por supuesto, la prueba e igual para todos, no importa qué tan “sagrado” te sientas, por ello las mentadas de madre también ubicaron a Andrés Manuel López Obrador, quien confiado en su popularidad acudió a la inauguración del estadio de béisbol de los Diablos Rojos “Alfredo Harp Helú”.
La lección es clara: la tribuna es ese espacio colectivo y sagrado desde donde uno, diez o 50 mil ciudadanos tienen el derecho a aplaudir como reconocimiento o a mentar la madre e insultar al poder como muestra de rechazo.
En las tribunas no hay acarreados ni pase de lista, en el estadio las encuestas de popularidad no existen y, por tanto, esos espacios se convierten en un tribunal popular implacable que no perdona.
Por todo ello, la presidenta Claudia Sheinbaum hace muy bien en no acudir al palco de honor del estadio “Ciudad de México” para dar formal apertura a la copa del mundo.
Los complejos escenarios por los que atraviesa este México expuesto ante el mundo como un país de narcos, no perdonarían a la mandataria sin importar sus niveles de popularidad.
Es preferible enfrentar críticas por una ausencia “cobarde” que la humillación colectiva de 87 mil 500 aficionados. La primera presidenta de México no puede quedar marcada por la prueba de fuego de un estadio y de su afición.
Y es que como ya está demostrado, el estadio es un territorio libre donde las aficiones guardan celosas el derecho a reconocer o a mentar la madre a quien sea.










