Cuatro locos andan sueltos. Locos por las motos. Locos por el gas, la rapidez, las carreras. Locos por la victoria. Locos porque son capaces de alcanzar velocidades de vértigo y de realizar adelantamientos imposibles. Cuatro locos en una pista: Iannone, Márquez, Bradl y De Angelis. Unos más otros. El más racional, el alemán, que por algo es también el líder del Mundial, optó finalmente por dejar que otros se arremangaran, no fuera que la osadía de querer terminar el primero diera de bruces con sus sueños de alzarse como el mejor piloto del año. El vencedor y el segundo clasificado, el italiano y el español, dieron tanto espectáculo con sus frenadas al límite, sus interiores y sus derrapadas a la entrada de las curvas, como nervioso pusieron a personal. Bien pudieron terminar por los suelos. Pero acabaron en el podio. Algo que no puede decir el cuarto en discordia. El máximo de locura, algo inferior a su talento, se concentra en De Angelis, que no hizo más que estorbar a unos y otros, y no es la primera vez, con frenadas tardías y un pilotaje descabellado. Se tocó varias veces con Márquez y logró poner de los nervios al tranquilísimo Bradl. Y se quedó sin premio.
Ver el artículo:
Márquez no puede con Iannone









