La obra poética de Enriqueta Ochoa es recordada por Conaculta en ocasión de su tercer aniversario luctuoso; la autora, nacida en Torreón, Coahuila, es considerada una de las más importantes de las letras mexicanas del siglo XX.
Ochoa fue distinguida en vida con diversos premios y reconocimientos por parte de la comunidad literaria, esto a pesar de que en la segunda mitad del siglo XX escribió que iba a dar a luz un nuevo Dios, lo cual le ganó que recibiera duras críticas y que incluso en su natal ciudad se prohibiera a «los buenos samaritanos» leer su poesía.
Su obra estuvo marcada por el misticismo. Entre sus poemas más destacados se encuentran Carta a Jesús Arellano y Bajo el oro pequeño de los trigos. Enriqueta Ochoa empezó a escribir poesía a los nueve años y desde su primer libro, publicado en 1950, mostró el estilo íntimo y diáfano que la caracteriza.
Era una mujer sencilla y generosa, pero a la vez tímida, casi huraña. El departamento donde vivía, detallan sus biógrafos, estaba atestado de libros. En las paredes cuelgan retratos de su hija y varias pinturas. Una de ellas, un retrato de cuando estaba embarazada, que le entregaron en un homenaje que recibió por su obra.
Según los relatos asentados en su biografía, las personas que la conocieron detallan que la poetisa tenía una elegancia nata, que se revelaba en cada uno de sus gestos: su forma de sentarse, de encender el cigarro, de pasar las páginas de un libro.
Acostumbraba llevar maquillaje discreto, el cabello recogido y vestirse de negro, con un pequeño dije de turquesa al cuello. Su voz era hermosa, reposada, profunda. Mientras que su charla era agradabilísima, con relevaciones tan íntimas como su poesía.
En el poema Bajo el oro pequeño de los trigos, Ochoa habla sobre la muerte, pero la obra no es un texto lóbrego. Acerca de estos versos, en una entrevista concedida a un periódico de Torreón, la autora comentó que en ese momento de su vida, hacia el final de la misma, pensaba en la muerte propia.
«Cuando me puse muy enferma, sentí la cercanía de la muerte. A partir de esa experiencia surgió Bajo el oro pequeño de los trigos. Mientras que, a lo largo de mi producción, la figura de Dios ha sido una constante. Pero no lo abordo desde una perspectiva religiosa, mi visión va más allá de eso.
«El tratamiento que le doy, surgió en mi juventud, cuando leí un libro de mística muy interesante, en el que había un pozo del misterio a donde sólo podían entrar dos seres: el poeta y el místico. Estas etapas de mi existencia, se revelan ahora ante mí».
En la anécdota que refirió Ochoa en esa conversación, la historia narra cómo el poeta se echa un clavado igual que el místico, y encuentran tesoros maravillosos en el fondo del misterio. El poeta los saca y los transforma en palabras, sin darse cuenta; el místico los saca y los transforma en oraciones.
Con esa anécdota referencial, Enrique Ochoa dio cuenta de algunas de las influencias y orígenes de su producción, y razones por las que fue considerada como una de las más importantes autoras del siglo XX.
Entre los libros que Ochoa publicó se encuentran Las urgencias de un dios (1950), Los himnos del ciego (1968), Las vírgenes terrestres (1970), Cartas para el hermano (1973), Retorno de Electra (1978), Bajo el oro pequeño de los trigos (poesía reunida) (1984); edición corregida y aumentada (1998). Canción de Moisés (1984), Enriqueta Ochoa de bolsillo (1990), Enriqueta Ochoa (antología) (1994), Asaltos a la memoria (2004), Que me bautice el viento, Enriqueta Ochoa para niños (2004), Le désert à tes côtes/El desierto a tu lado (selección de Elva Macías) (2006), Poesía reunida (antología) (2008).









