Published On: Mar, May 3rd, 2011

Viaja Ernesto Sabato hacia su último túnel (I)

La vida es tan corta y el oficio de vivir tan difícil, que cuando uno empieza a aprenderlo, hay que morirse, afirmó alguna vez el escritor argentino. Y así fue. El afán de racionalidad extrema de la Física lo llevó a criticar y alejarse de ésta que era su profesión para convertirse en un escritor que no pudo dejar la soledad de los átomos, que se reflejó en un trabajo tan oscuro como el infinito que vivía en él y salía a veces para defender al hombre y pintar. En le Cátedra Alfonso Reyes del Tecnológico de Monterrey, dejó huella en la edición 1997 con una conferencia y un breve curso.

“Bastará decir que soy Juan Pablo Castel, el pintor que mató a María Iribarne; supongo que el proceso está en el recuerdo de todos y que no se necesitan mayores explicaciones sobre mi persona.

 Aunque ni el diablo sabe qué es lo que ha de recordar la gente, ni por qué. En realidad, siempre he pensado que no hay memoria colectiva, lo que quizá sea una forma de defensa de la especie humana.

 La frase ‘todo tiempo pasado fue mejor’ no indica que antes sucedieran menos cosas malas, sino que -felizmente- la gente las echa en el olvido.

 Desde luego, semejante frase no tiene validez universal; yo, por ejemplo, me caracterizo por recordar preferentemente los hechos malos y, así, casi podría decir que ‘todo tiempo pasado fue peor’, si no fuera porque el presente me parece tan horrible como el pasado; recuerdo tantas calamidades, tantos rostros cínicos y crueles, tantas malas acciones, que la memoria es para mí como la temerosa luz que alumbra un sórdido museo de la vergüenza.

 ¡Cuántas veces he quedado aplastado durante horas, en un rincón oscuro del taller, después de leer una noticia en la sección policial! Pero la verdad es que no siempre lo más vergonzoso de la raza humana aparece allí; hasta cierto punto, los criminales son gente más limpia, más inofensiva; esta afirmación no la hago porque yo mismo haya matado a un ser humano: es una honesta y profunda convicción.

 ¿Un individuo es pernicioso? Pues se lo liquida y se acabó. Eso es lo que yo llamo una buena acción. Piensen cuánto peor es para la sociedad que ese individuo siga destilando su veneno y que en vez de eliminarlo se quiera contrarrestar su acción recurriendo a anónimos, maledicencia y otras bajezas semejantes.

 En lo que a mí se refiere, debo confesar que ahora lamento no haber aprovechado mejor el tiempo de mi libertad, liquidando a seis o siete tipos que conozco.

 Que el mundo es horrible, es una verdad que no necesita demostración. Bastaría un hecho para probarlo, en todo caso: en un campo de concentración un ex pianista se quejó de hambre y entonces lo obligaron a comerse una rata, pero viva.

 No es de eso, sin embargo, de lo que quiero hablar ahora; ya diré más adelante, si hay ocasión, algo más sobre este asunto de la rata”.

 Así inicia la primera página de El Túnel, ese libro primer libro que podría decirse hoy, que pinta mucho y por él mismo, lo que fue la literatura y la personalidad de Ernesto Sabato, el gran escritor argentino pero también el hombre atormentado y horrorizado que presidió la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (CONADEP) quien falleció en la madrugada del sábado 30 de abril, dos meses antes de cumplir 100 años.

 Sabato, que iba a ser objeto de un homenaje en la Feria del Libro de Buenos Aires, padecía una bronquitis que no pudo superar, según anunció su compañera, Elvira González Fraga.

 Fue un escritor popular, extraordinariamente leído en Argentina en los años 70 y 80, aunque en los últimos tiempos estuvo prácticamente recluido y retirado en su casa: no volvió a hacer una aparición pública desde 2004.

 “A los argentinos nos gusta derribar a nuestros iconos y eso también pasó con Sabato”, explica María Rosa Loja, coordinadora de la edición crítica de Sobre héroes y tumbas, publicada en 2008.

 “Es cierto que el ambiente literario argentino le dio un poco la espalda, quizás por su propia figura, polémica, y su carácter difícil, pero también por sus posiciones políticas, inclasificables, que le colocaban en un lugar complicado”, afirma. “Sabato era ante todo, él mismo”, resume.

 “Primero, El túnel, que tiene una trama casi policiaca, aunque se conoce el nombre del asesino desde la primera pagina, y después, Sobre héroes y tumbas, que habla de la historia pasada y presente del país, fueron en su momento enormes éxitos editoriales, una lectura muy seductora para miles de jóvenes”, asegura Lojo. “Sabato habló a los argentinos sobre quiénes eran.

 Por eso tuvo tanto gancho. Sobre héroes y tumbas es una novela larga, con mucha capacidad de síntesis, que, escrita al poco de caer Perón, enlaza distintos tiempos de la construcción de país”.

 

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