Published On: Mar, Sep 27th, 2011

Reflexiones sobre la misericordia de Dios

Introducción

Estas reflexiones fueron escritas como respuesta a diversas inquietudes que el autor ha recibido de parte de personas preocupadas por amigos o parientes cercanos que les han comentado su convicción, alcanzada a través de sus estudios de teología, realizados bajo la dirección de teólogos católicos sobre la inexistencia del infierno y del demonio, y que afirman la imposibilidad de que las almas puedan perderse eternamente, apoyadas en las infinita misericordia de Dios, que, por amor, no lo permitiría.

Antecedentes

Desde que el hombre fue creado por Dios -esto es, desde el momento que al cuerpo biológico se le dota de alma, lo que inicia con Adán y Eva-, se le dota también de las potencias del alma: inteligencia, y voluntad. Desde ese momento el hombre estuvo inclinado naturalmente hacia el bien, sin conocer el mal y, por lo tanto y a pesar de tener su libre albedrío (voluntad), optaba siempre por el amor, por el bien, es decir, optaba por Dios.

            Con la caída del hombre debido al pecado original, propiciada por Satanás, conoció también el mal y sus consecuencias: el hombre perdió voluntariamente la amistad de Dios (perdió su Gracia) y se vió imposibilitado desde ese momento para alcanzar el Cielo.

            Después de este gran acontecimiento su razón se debilitó, y este alejamiento de Dios lo inclinó hacia el mal, quedando a merced de Satanás, pero manteniendo sus potencias: el libre albedrío y la inteligencia. Estas potencias lo posibilitaron para que, por medio de la razón natural, pudiera conocer de la existencia de Dios e intuir sus designios, además de que Dios no le retiró dichas potencias del alma ni de su conciencia, lo que le permitía, aún con dificultades, distinguir el bien del mal y dirigir sus actos hacia ello voluntariamente y en uso de su razón (inteligencia).

            Así existieron hombres como Noé, que pudieron dirigirse voluntariamente hacia el bien, a pesar de los múltiples desafíos y descalificaciones de sus semejantes. Abraham, que con  su gran fe se convirtió en el padre de una amplísima descendencia. Con ellos: Moisés, David y otros más, ejemplos de que a pesar de que su razón fue debilitada por el pecado original, era posible reconocer a Dios y amarlo, superando al mal.

            No fue sino hasta la Venida de Cristo, totalmente Dios y totalmente humano, que Dios Padre, al ofrecer en sacrificio a su único Hijo, quiso redimir a la humanidad y librarla del yugo que suponía el mal, al que había estado sometida por siglos, devolviéndole la oportunidad de ser hijos de Dios y la posibilidad de alcanzar el Cielo.

            Esta reconciliación abrió el camino a los hombres justos de todas las generaciones para alcanzar la gloria eterna.

            Con ello se inicia también una nueva etapa en la relación del hombre con Dios, dejando atrás aquella sucedida entre el pecado original y la Venida de Cristo. Dios, sin embargo, y a pesar de la caída del hombre y como apoyo a su conciencia y a su razón debilitada, le brindó una guía segura para dirigir su vida hacia el bien a través de los Diez Mandamientos otorgados por Dios a Moisés, y de las diversas enseñanzas dadas a través de los profetas y que fueron recogidas en el Antiguo Testamento.

            Dios utilizó un lenguaje fuerte, que era el único que el hombre en aquel entonces entendía, y que Dios en su infinita sabiduría consideró el mejor (Antiguo Testamento). Muchos interpretan esa etapa como aquella del Dios del castigo y del temor, quizá sin entender las circunstancias completas; para aquellos que así lo aprecian, habrá que recordarles que Dios es, en esencia, inmutable, es infinitamente misericordioso y también infinitamente justo. No cambia con el tiempo, para él no aplica éste, y por lo tanto, en ambos testamentos habla y se revela el mismo Dios, misericordioso y justo.

            No hay dos dioses -el del Antiguo y el del Nuevo Testamento-, creerlo así sería un grave error teológico y de fe.

            Resulta congruente afirmar que, al venir Cristo, es Dios personalmente quien nos enseña el camino para llegar al Cielo, documentado en los evangelios, y que, además, le permite a la humanidad entera de todos los tiempos la reconciliación con Dios. El lenguaje que Cristo utiliza es preponderantemente amoroso, pero sin dejar de ser firme y claro, como lo recoge claramente el Nuevo Testamento, y también habla de la justicia divina, y de ello da cuenta el mismo Nuevo Testamento.

            Al completar Cristo la revelación divina de la Verdad al hombre, siempre deja constancia de que el éste, para llegar al Cielo, debe hacerlo bajo su propia voluntad (utilizando su libre albedrío) y utilizando su propia inteligencia y, por supuesto, con la indispensable gracia de Dios, otorgada profusa y gratuitamente a todo ser humano. Dios no salva a nadie sin su participación.

            Cristo recuerda que el hombre debe cumplir con los Diez Mandamientos que le fueron dados a Moisés por Dios, y reafirma con gran profundidad su contenido: nos revela el verdadero sentido de los  mandamientos: el amor.

            Primero.- El amor a Dios, el creador único, a quien debemos amar por sobre todas las cosas.

            Segundo.- El amor al prójimo y a uno mismo, como medio para cumplir con el resto de los mandamientos.

            La revelación completa nos hace ver que es el amor el camino único y seguro hacia la salvación de las almas, pero también deja ver que existen otros caminos que las almas pueden seguir libremente y que las apartan de Dios, y con ello se pueden perder eternamente. La violación de cualquier mandamiento no es otra cosa que una violación al amor, ya sea de aquel que le debemos sobre todas las cosas a Dios, o aquel que le debemos a nuestro prójimo o, incluso, a nosotros mismos.

            Esa violación, cuando es conocida y consentida, genera las graves consecuencias que el propio Dios ha revelado desde el Antiguo Testamento, y que continúa haciéndolo en el Nuevo Testamento.

            La redención del hombre, a pesar de ser el acontecimiento más grandioso de la historia humana desde su creación, no le asegura por sí misma su salvación. Dios no ha querido salvar al hombre sin su voluntad.

ÁNGEL DE JESÚS PAZ Y PUENTE

 

Leave a comment

You must be Logged in to post comment.