Published On: Jue, Jun 2nd, 2011

El poblano Alí Calderón presentó el libro de Waldo Leyva

Es un canto inagotable de amor que se desborda a través de la palabra con un hilo conductor sutil, de gran ternura, en donde se entremezclan el recuerdo, la ausencia, la distancia, la reflexión inevitable, el sello inagotable del tiempo ya vivido y sin embargo también la luz de la esperanza a través del sueño, la lluvia o el deseo. Así definió el consultor, profesor, investigador y director Roberto Arizmendi, el libro El rumbo de los días, el trabajo más reciente en poesía del cubano Waldo Leyva.

Acompañado por el poeta Alí Calderón y el mismo autor Waldo Leyva, Roberto Arizmendi, señaló que este libro se suma a los más de treinta libros mediante los cuales Waldo Leyva comparte con sus lectores la perfección del ser y del mundo a través de su mirada, la palabra y las voces que le permiten entrelazar poesía y tiempo y en donde va dejando impresa su presencia, su ansia por construir un mundo basado en los espacios del sueño.

“A través de sus palabras el lector escucha el sonido del mar, percibe el canto de la noche, siente la textura de la piel al deslizar su remembranza, la inagotable fuerza del amor con todos sus ángulos posibles, el lacerante recuerdo de los amigos que se fueron o el horizonte inacabado que abre la puerta al porvenir sin nombre.

“Hay versos de un aliento musical que pareciera interminable como imágenes profusas de un horizonte ilimitado pero toda su obra es una riqueza que nos llena de formas, trazos y colores aplicados a lo esencial del ser humano, su tiempo y su historia. Al hombre empeñado con la esperanza de una memoria precisa contra el porvenir, contra casualidad y circunstancia”.

El libro, que fue presentando por Conaculta a través de la Coordinación Nacional de Literatura del Instituto Nacional de Bellas Artes es de la Colección Visor de Poesía, tiene 72 páginas y está estructurado en cinco apartados: El juego de ausencias, A veces vienen ruidos, Una gota en la rama, Correspondencia on line y Los muertos beben solos.

 

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