Published On: Sáb, Ago 6th, 2011

Dispersión de biblioteca mexicana en siglo XIX

*Libros y exilio, de Emma Rivas y Edgar O. Gutiérrez,  da cuenta de las vicisitudes del acervo que conformó el historiador José Fernando Ramírez.

 

A partir de un corpus de cartas que revelan el quehacer histórico-bibliográfico de José Fernando Ramírez (1804-1871), los historiadores Emma Rivas Mata y Edgar Omar Gutiérrez exponen en la publicación titulada Libros y exilio, historias relacionadas con la dispersión, durante la segunda mitad del siglo XIX, de importantes bibliotecas forjadas por intelectuales mexicanos.

Los investigadores del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) se dieron a la ardua tarea de compilar el epistolario que sostuvo, entre 1838 y 1870, Ramírez con Joaquín García Icazbalceta y otros estudiosos, y cuya lectura demuestra el interés que, no obstante su destierro en enero de 1867, mantuvo el también político por la historia de México.

De acuerdo con Emma Rivas, “en el siglo XIX muchas bibliotecas salieron a pesar y en contra de los deseos de sus propietarios, para esto se deben considerar los altibajos políticos de esos tiempos. Ahora es necesario saber qué se fue realmente, qué perdimos de nuestro patrimonio bibliográfico, conocer cómo sucedió para que no vuelva a ocurrir”.

A su vez, Edgar Gutiérrez destacó que eruditos como Ramírez y García Icazbalceta se insertan en un periodo histórico en el que el nacionalismo, tanto en Europa como en Estados Unidos, instó a buscar en las fuentes documentales, los orígenes de los Estado-nación.

“En este caso, dos bibliógrafos mexicanos retoman estas ideas. Por ejemplo, García Icazbalceta se da cuenta que un estadunidense acababa de escribir una historia sobre México, y él dice: eso lo tenemos que hacer nosotros mismos, por eso hay que recuperar las fuentes para que los historiadores mexicanos escriban su propia historia”.

Esta labor no era nada fácil, Ramírez y otros colegas suyos, entre ellos, Carlos María de Bustamante, Isidro Rafael Gondra, José María Andrade, Francisco Serapio Mora, Francisco Facio y Andrés Oseguera, tuvieron que hurgar, antes de la Reforma, en repositorios de conventos para encontrar textos que hablaran del devenir previo y posterior a la Conquista.

Icazbalceta se tardó 30 años en conformar la Bibliografía mexicana del siglo XVI, para ello debió conocer primeramente los inicios de la imprenta en México y, obviamente, los documentos publicados.

Por su parte, José Fernando Ramírez, además de una colección dedicada a temas eclesiásticos, filosóficos y de derecho canónico, la cual en su momento vendió al gobierno de Durango; formó un acervo indispensable, calculado en doce mil volúmenes, sobre la historia antigua de México.

La investigadora Emma Rivas apuntó que Ramírez se desempeñó como director del Museo y la Biblioteca nacionales, e incluso renunció a una magistratura en el afán de dedicarse a sus estudios históricos. Fue uno de los fundadores de las logias masónicas liberales, aunque tiempo después aceptó trabajar para el Imperio de Maximiliano de Habsburgo.

Antes de la caída del Segundo Imperio, José Fernando Ramírez salió del país rumbo a Alemania y pese a que años después se dio la posibilidad de regresar debido a una ley de amnistía, murió en la ciudad de Bonn en 1871. Sin embargo, tras el deceso, su biblioteca a la que llamó “predilecta mitad”, padecería una serie de avatares.

A México arribó el cuerpo de José Fernando Ramírez junto con valiosos volúmenes que se había llevado para terminar varios de sus estudios, sobre todo primeros impresos mexicanos y manuscritos del siglo XVI. Su hijo José Hipólito Ramírez vendió la biblioteca de su padre al intelectual Alfredo Chavero, pero los problemas económicos obligaron a éste a venderla tres años más tarde a Manuel Fernández del Castillo.

“Los hijos de Ramírez vendieron la biblioteca de su padre, continuó la historiadora Emma Rivas, pero se quedaron con una parte, también una sección permaneció con Chavero. El acervo en manos de Fernández del Castillo viajó a París, Francia, donde fue encargado al padre Agustín Fischer, quien convenció al primero de subastar los libros en Londres, en mayo de 1880.

“Fue una subasta muy nombrada, todo mundo sabía que lo que se estaba rematando era la esencia de la gran biblioteca que había tenido José Fernando Ramírez. De los 12 mil volúmenes de su biblioteca, los que se subastaron fueron 934 títulos, principalmente manuscritos del siglo XVI, primeros impresos y crónicas”.

Finalmente, con el paso de los años, esas obras pasaron a formar parte de la Biblioteca Bancroft (Universidad de California, Estados Unidos), del Museo Británico y de la Biblioteca Nacional de España. Mientras que en México, parte de la colección se halla en los fondos reservados de la Biblioteca Nacional, así como de la Biblioteca Nacional de Antropología e Historia del INAH.

Emma Rivas Mata y Edgar Omar Gutiérrez concluyeron que a través de Libros y exilio se intenta poner el acento en la importancia de las bibliotecas particulares, no importa su cantidad de volúmenes, en tanto son la memoria de nuestra cultura, de las múltiples miradas que hay sobre la historia, “y es sobre todo responsabilidad de los mexicanos, cuidarlas”.

 

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