Published On: mar, Oct 1st, 2019

A mi padre Mauro González Rivera

Es difícil redactar y enumerar todas las virtudes de un ser al que amas entrañablemente y que se adelantó en el camino.

Mi padre fue un hombre recto, honesto a carta cabal.

A Mauro González Rivera, así lo conocieron y lo despidieron cientos y cientos de personas.

Ingreso a la política y no se manchó, ni se ensució. No se enriqueció y desde hace más de 55 años vivió en su misma casa. Esa vivienda de tres recamaras chicas, sala, comedor y cocina.

Alegre y dicharachero, les ponía apodos a muchos de sus amigos o colaboradores: “El Patas”, “El Memín”, “El Calaca”, “El Negro”, “El Chocolate”.

En las redacciones además de mucho trabajo también pegaban y colgaban colas de papel. O el letrero que le pegaban a alguien en la espalda y decía: “Dame un trancazo”.

Cuantos amigos, fotógrafos y reporteros salieron de la redacción de El Heraldo de México en Puebla, de ahí del portal Hidalgo 14 con un pegote y la gente en la calle reía.

¿Qué tal las tortas del Giroflé? Y hasta el pequeño bar que estaba en el tapanco del negocio ahí en el pasaje del Ayuntamiento.

En el Restaurante de La Flor de Puebla, donde tomaba café.

Ayudaba a los boleros, a quienes le pedían los impulsara para tratar de ser artistas. Y como él mismo decía: “A la primera provocación los entrevistaba”: Ahí están Poncho Galván, el tenor Víctor Suárez QEPD.

Era bohemio y en una de las tertulias de cantina conoció a Javier Solís que cantaba en esos ayeres con el Mariachi Metepec. Javier Solís le dijo “paga el Mariachi y le llevamos serenata a tu esposa”, pero no junto el dinero y mi madre no lo escuchó.

Bien recuerdo una foto en la redacción de El Heraldo en la escalinata que conducía al tapanco, estaba Isela Vega rodeada de los reporteros Faustino Gutiérrez, Jorge Vadas, Silvestre Salazar y otros que le dijeron: “a que no le besas la pierna” y Mauro, mi padre, tomó la pierna derecha y la besó, mientras la artista con su minifalda floreada sonreía.

Siempre fue humilde, sencillo, nada ostentoso y siempre recordó su origen pobre siendo mi abuelo Mauro González Delgado chofer de un taxi con sitio en la 5 poniente y 3 sur. Al morir mi abuelo, mi padre le hizo un poema que llamó “Franela Roja” haciendo alusión a la franela que utilizaban para lavar el auto un Chevrolet 50 4 puertas que heredé y del cual hoy me arrepiento de haberlo vendido por comprarme un Volkswagen sedán (un vochito nuevo de paquete).

Mauro, tuvo una vida difícil, estudio hasta secundaria y fue autodidacta. Leía mucho, nos deja una biblioteca muy grande.

En sus primeros años de trabajo instalaba estufas, calentadores, le hacía a la plomería. También trabajaba en un taxi en las noches para completar el dinero para el gasto.

Teniendo 18 años se llevó a mi madre que tenía 15 y se casaron el día de su cumpleaños, un 21 de noviembre de 1955. Este año cumplirían 64 años de vida juntos.

Vivimos en la 2 oriente 408 en el centro de la ciudad y en la esquina estaba la cancha de San Pedro, ahí se escapaba para ir a entrenar lucha libre, por cierto alguna vez lucho enmascarado. Sabía las llaves y contra llaves del pancracio. Doña Lupita, que cuidaba el inmueble era la ancianita que les mentaba la madre a los luchadores rudos.

Otra de sus pasiones fue el basquetbol y tanta era su afición y amor por este deporte que formo su equipo el ROSYMAU (Rosita y Mauro), equipo con el que ganó varios campeonatos en el máximo circuito amateur, la 1a fuerza.

Era un espectáculo ver jugar al Rosymau de los viejitos en una liga muy competitiva donde estaba la BUAP, La Normal, RoLeal, Tecnológico de Puebla, pero formaban parte de este grupo, jugadores de la Selección de Puebla y Las Abejas poblanas como Pedro “Peri” Roldan (el panadero de la Blanca de Cholula), Moisés y Tomás Torres, Jorge Hannan, Víctor Espindola, Rafael Moreno Valle Sánchez y un tiempo Kasim Jafar, un neoyorkino que medía 2 metros 4 centímetros y que fue All Star en la UDLA.

Los partidos estelares de la cancha de San Pedro, así como el torneo dominical en Agua Azul eran llenos a reventar por la gente, para ver jugar a este equipo en el que empecé como la mascota cuando tenía un año en 1958.

Esa vida dura de los primeros años de matrimonio formó a mi padre y esa exigencia fue para mi para estudiar, pero sobre todo porque Luis Alberto (yo) era un chamaco muy inquieto, travieso, que no se dejaba de nadie y estando en primero de primaria fue expulsado por golpear a los de sexto que lo molestaban por el corte de cabello “casquete corto”

Agradezco a mi padre que me exigió, que me forzó a ser un hombre recto, honesto, con palabra, algo de lo que me enorgullezco.

Tengo una gran herencia, la forma de ser con las personas sin importar su condición social, hombres o mujeres, jóvenes o niños.

Sacaba de su bolsillo para ayudar a mendigo, extendía la mano a propios y extraños, y aunque hubo algunos que lo traicionaron, lo olvidaron, le dieron la espalda, él nunca busco reclamar, actuar o vengarse, no era un ser humano rencoroso.

Al partir el pasado 18 de septiembre nos deja un gran ejemplo, deja huella en una profesión que amó sobre todas las cosas y en la que fue siempre leal, sincero y lucho por la injusticia.

Muchos de sus amigos y que acudieron al sepelio me hicieron llorar al contarme como mi padre les dio su primera oportunidad, les consiguió trabajo. No desamparó incluso a sus vecinos donde quedaron huérfanos 7 niños, mis amigos.

Siempre tuvo la mano extendida para saludarte, sin pedir nada a cambio.

Me deja una gran herencia, pero sobre todo una gran responsabilidad.

Gracias a todos los que nos dieron el pésame a mi madre y mis hermanas.

Enumerar a todos sería imposible, pero tengo en mi mente sus nombres.

Hoy nos quedamos con su ejemplo e historia mi madre María Rosa; mis hermanas Alma Rosa y Miroslava; los nietos Mario, Rosángela, Génesis, Mauro Alberto, Alma Rosa, Lizet Andrea, Carlos y Erick, así como sus bisnietos: Vanessa, Samantha, Leonardo (El Pancho), Grecia, Ferrán, María José, Mario, Paulina, André, Maya, Natalia y Elisa.

A mi esposa Guadalupe Herrera (Pity) muchas gracias por tu apoyo. Gracias amor.

En su sepelio:

GUILLERMO JIMENEZ MORALES: “En toda mi vida jamás he conocido una persona tan honesta y leal como mi amigo Mauro”

MELQUIADES MORALES FLORES: “Mauro no era mi amigo, era mi hermano y no podía dejar pasar el despedirme de él”

GUILLERMO PACHECO PULIDO: “Amigos de toda la vida. Lo sábados desayunábamos juntos”.

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